El rally que ahora prefiero mirar desde el parque cerrado

Durante muchos años, los rallyes fueron una parte importante de mi afición por el mundo del motor. Recorría kilómetros, me plantaba en las cunetas de cualquier prueba de la comarca y pasaba jornadas enteras haciendo fotografías. Después llegaba el trabajo de selección y edición, que podía ocuparme prácticamente otro día completo.

Con el paso del tiempo, sin embargo, las cosas han cambiado. Por falta de tiempo, por circunstancias personales y, sobre todo, porque aquella pasión que sentía por los rallyes ya no es la misma, dejé de acudir con frecuencia a estas pruebas. El espectáculo que encuentro actualmente en los tramos ya no consigue motivarme como antes, aunque, por supuesto, sigue habiendo pilotos y momentos excepcionales que merecen la pena.

Hoy, coincidiendo con el VIII Rallysprint de Talavera, he vuelto a acercarme a un rally. Pero lo he hecho de una manera diferente: me he quedado en el parque cerrado, antes de la salida.

Y quizá sea precisamente ahí donde ahora encuentro lo que buscaba.

Me interesan los pilotos antes de enfrentarse al tramo, los nervios, las conversaciones, los últimos preparativos, los mecánicos, las familias y todo aquello que sucede alrededor de un coche de competición antes de que arranque el cronómetro. Me gusta especialmente ver a los niños, los hijos de los pilotos, acompañando a sus padres y viviendo desde pequeños ese ambiente tan especial que rodea al automovilismo.

Porque quizá lo que todavía me transmite el rally no sea tanto lo que sucede cuando los coches desaparecen a toda velocidad por una carretera, sino las historias que hay detrás de cada coche y de cada persona que se pone al volante.

Hoy ya no necesito pasar un día entero en una cuneta para disfrutar de un rally. Tampoco necesito volver a casa con cientos de fotografías para sentir que ha merecido la pena.

Ahora me basta con acercarme al parque cerrado, observar, conversar, ver los preparativos y captar esos pequeños momentos que, muchas veces, explican mucho mejor la pasión por el motor que cualquier fotografía tomada a 150 kilómetros por hora.

Quizá no haya dejado de gustarme el rally.

Quizá simplemente haya cambiado la forma en la que quiero vivirlo.



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